Pensamientos de sofá.

Odio ponerme sentimental. Especialmente odio ponerme sentimental desde que soy más conocida por los chicos como la Chica de Hielo, una bonita forma de llamarme insensible. No me importa ser fría, me siento mucho más segura. Cuando sé que no hay nada, no me importa nada. Puede sonar cruel, pero la mayoría de hombres no significan nada para mí. El placer y la tranquilidad que se respiran cuando estás con alguien agradable y que además es poseedor de tu indiferencia. Sublime. Pero poco a poco tus sonrisas se tornan más falsas, los gemidos fingidos y los silencios, incómodos.
Hablo desde mi perspectiva de persona normalmente reservada y desconfiada, que cuando está con cierta persona se vuelve casi una imbécil. Por suerte, con el tiempo he conseguido controlar el impulso de soltar gilipolleces, y de ocultar mejor las miradas soñadoras. Lo terrible del asunto es el cambio extraño de un “no pasará nada” a un “no sé qué está pasando”. Ninguno quiere comentar, ninguno quiere dejar que su fortaleza se derrumbe, primero ha de caer el otro. Los sentimientos son para los débiles, para los niños, para los ancianos. Son una especie de creencia de que todo va más allá de una pura reacción química. Corrientes eléctricas que provocan miradas dulcificadas que realmente odias recordar. ¿Para qué? La raza humana seguiría existiendo sin tanto sentimentalismo. Ama a tu familia, ama a tus amigos.
Pero el romance es doloroso e innecesario.
Odio ponerme sentimental.

Game over.

Es curioso. ¿El atardecer? Supongo que querías demostrar con obviedad el cliché romántico, o también puede ser que seas tan dulce e inocente como aparentas. Pero también retorcido. Raro. Extraño. Y todo lo que me gusta. Es increíble que tras tan duras palabras entre nosotros sea tan fácil y fluida la conversación. Un tema, otro, siempre de acuerdo, un parecido punto de vista y dos pares de ojos que se adoran. Porque no me mientes con la mirada, ¿o sí? Eso sería cruel. ¿Por qué la cruel soy yo, si ni siquiera pienso en esos a los que tomas por competencia? Para mi fortuna o desgracia, puede que sienta algo por ti. Pero sentir en silencio, eso da poder.
Poder ante tu duda, pensando que puedes perderme, cuando si no me has perdido ya es imposible que desaparezcas, a no ser que me claves el más afilado y envenenado de los puñales.
Pero me aprecias, y yo te aprecio.
Me besas, y yo te beso.
Pero esta vez, gano yo.

Rabia hasta para escribir.

Hoy, tengo envidia. Mucha envidia. Envidia de alguien que me ha jodido y ahora todo le está saliendo bien. De alguien que siendo una persona egoísta, mentirosa y dañina, consigue todo por tener dinero. Por no tener reputación (porque nadie ha ido soltando sus trapos sucios a la gente que le importaba, vaya), tiene todo.
Y me da rabia, porque he tirado este año por su culpa en mayor parte. Me da rabia porque de esa supuesta envidia que me tenía, salió su ataque.
Ojalá yo pudiera ser la mala de la película de vez en cuando.

Espero que no.

Lo más jodido de querer a alguien es que no sueles saber el porqué. Te preguntan “¿y qué te gusta de él/ella?” y tú suspiras, miras al infinito y sueltas una risita nerviosa como el gilipollas que eres. Creo que yo tenía 7 años cuando le pregunté a mi madre por qué quería a mi padre y me contestó muy segura: “ni puta idea, hija.”
La misma pregunta le hice a mi hermana en su día, y me sonrió con un “no sé”. He desarrollado la teoría de que si no sabes lo que te gusta en concreto de tu pareja , nunca tendrás por qué verlo desaparecer.

Esto me lleva a cierto tema que me da algo de miedo. ¿Lo de querer a una sola persona durante toda la vida es una maldición hereditaria? ¿Es una enfermedad genética? Tanto mis padres como mis hermanos llevan toda la vida con las mismas personas, y yo soy una promiscua. Lo que me da pavor es el hecho de que yo creía ser una persona enamoradiza hasta que caí por alguien de verdad. Preferiría ser lo que creía ser, sinceramente.
Espero que esta mierda no sea cosa de familia.

Miedo.

Joder, qué miedo da el futuro, ¿no? Aunque en mi caso el pasado no sea mucho mejor, elegir nunca se me ha dado bien. Llega un momento en el que todo deja de ser fácil, en el que todo depende de qué hagas en unos instantes, en cuánto demuestres que vales. En mi caso es algo complicado, digamos que es más sencillo tener una meta jodida de conseguir que no tener meta alguna. ¿Y si no consigo lo que quiero? ¿Qué quiero? ¿Viajar? ¿Quedarme en la tranquilidad de casa? Sé que no quiero recoger la mierda de niñatos en la calle, sé que no quiero encerrarme en una oficina, sé que no quiero quedarme estancada. Pero no tengo rumbo alguno. ¿Por qué todos parecen tener alguna idea menos yo? Lo más cuerdo que se me pasa por la cabeza es suicidarme, y no me apetece. No me apetece meterme a estudiar algo por estudiar. No quiero trabajar en un curro que odie porque lo necesite para vivir. Me da miedo, ¿pero sabéis qué da más miedo? Que el 90% de la gente ha tenido ese destino. Que hay alguien que hace los trabajos más odiosos. Y que yo, que lo único que tengo son pesadillas (no sueños), tengo todas las papeletas de acabar cortándome las venas a los 35 porque lo más excitante de mi día a día sea que han cambiado el color de los cubos de basura.

No.

Ya lo he olvidado. Olvidado. Olvidado del todo. Sí. Puedo verle y no pensar, no sentir, no sufrir. Sonríe, coge lo que ha venido a darte y cierra la puerta, serán 5 minutos como mucho. Él no quiere quedarse, qué va, si te detesta. Me detesta. ¿Por qué tengo la manía de pensar en tercera persona? Estoy empezando a ponerme nerviosa. Ya llega 10 minutos tarde, ¿qué hace? Claro que no quiere verme, realmente se arrepiente de haberme dicho nada. Y mejor, que se joda, ni que me importase una mierda. No me importa, pero me sudan las manos, siempre me sudan las manos cuando viene él y qué ascazo, joder. Pondré música, chula, así me relajo. Mierda, llaman a la puerta, ¿ya? Avisa, capullo. Oh, tenía un mensaje. De justo ahora. Pareceré una loca esperando putos mensajes suyos, qué asco. Vamos, serán 2 minutos. Vale, hace frío. ¿Dónde coño…? Ah, tan sigiloso como siempre. Y huele tan bien… Joder, dame la carpeta y vete. ¿En tu coche? ¿Quieres que me ahogue con tu olor? ¿Quieres torturarme? ¿Por qué, joder? Bueno, no tienes poder alguno sobre mí, no, no, no. No. Te he superado. Soy fuerte. Puedo con los hombres, sí. No caeré. Mierda. Habla. No me dejes hablar sin parar. No me mires como si me adorases, es muy cruel mentir con los ojos. Imbécil. No… No me toques. No me toques las manos. Sudan. Agh. Gilipollas. Retrasado. No me dejes acercarme tanto. ¿Por qué coño me dejas? Es tu puta culpa. No, no me dejes besarte. Tampoco me devuelvas el beso, ¿eres tonto? Eres tonto. Y todo lo que he dicho que eras. Para, no, no me dejes. No me beses. No me dejes.

Carta a mis padres sobre mis expectativas universitarias.

“¿Creéis que acaso me gusta pensar tanto en el futuro? No sé lo que cenaré esta noche y ni mucho menos sé qué cojones quiero hacer el día de mañana. No es que nunca le haya dado vueltas, he trazado mil caminos distintos en mi cabeza para cumplir cada sueño que se me antojaba. Y no ha servido para nada. Hacer planes nunca se me ha dado bien, siempre se tuercen las cosas. Prefiero improvisar. Cuando se acerque el momento decidiré, pero sé que por el momento soy incapaz de hacerlo. Todo se reduce a errar y aprender, y sólo tengo esta vida para aprender. Si me estreso ahora con las pocas salidas que tendrá mi carrera cuando acabe de estudiar aún sin haber pensado en dónde meterme no me merece la pena.Envidio a esa gente que tiene un único sueño, porque yo tengo muchos y sinceramente pienso que he vivido demasiado poco como para desechar cualquiera de ellos. No me preocupa “mañana”, me preocupa “hoy”. Y hoy quiero ser feliz.
Papá, mamá, que os jodan.
-Arthur.”

Amigas.

-Y… ¿piensas mucho en él?
-Casi todas las noches.
-¿Casi todas?
-Todas.
Suspiré. Nada se podía hacer por ella. Pobrecilla.
-¿Has intentado olvidarte de él?
Rápidamente me arrepentí de haber preguntado semejante estupidez. Ella me miró con mala cara y me regaló la visión del tercer dedo. Muy merecido. Entonces apartó la mirada.
-A las personas no se las olvida, se las supera.
-No lo has superado en año y medio.
-Pero lo haré.
-¿Y mientras vas a sufrir pensando en él? No creo que puedas estar con nadie más en esta situación, y a lo mejor con un polvazo se te quita la tontería.
-Es que no quiero estar con nadie más, le quiero a él. Y si no es posible, prefiero estar sola. Y nadie me atrae tanto como para tener sexo.
Me quedo pensativa, esto es un coñazo.
-Dicen que un clavo saca otro clavo.
-Muchos clavos se cargan la madera, que lo sepas.
-Hay muchos peces en el mar.
-Pues no me va mucho el pescado.
-¡Eso es porque no lo has probado!
-Calla, es pronto para que piense siquiera en cambiarme de acera.
-Sabes que yo estaría esperándote al otro lado…
Se ríe, la muy hija de puta.
-Lo sé.
Yo me quedo callada por primera vez en toda la tarde. Me mira tiernamente, pero no es de la forma que yo desearía. Suspiro otra vez.
Querer a alguien resulta algo realmente incómodo.

Subidón de cafeína.

-Te juro que ya no puedo creer en la amistad entre hombres y mujeres. Basta con que seas mínimamente agradable con ellos para que crean que quieres sexo, y cuando quieres sexo se asustan porque piensan que quieres más que eso, ¡o te llaman puta! Siempre pondrán a la pareja antes que a ti, por mucho tiempo que llevéis siendo amigos. Lo que manda es el agujero que se usa, obviamente. Pero incluso las mujeres, sus parejas, te llaman “zorra” por coquetear, hablan de ti como una “amiguita” de su novio a la que destruir. Es como si fuese complicado entender que a mí no me interesan ciertos hombres por muy guapos, encantadores o ricos que sean. Simplemente, ¡no! Y ya bastante he de soportar una crítica continua sobre mi supuesta vida de “zorra” por parte de gente que me conoce como para que me juzguen personas que jamás han cruzado palabra conmigo. Y lo peor es que todo viene del pensamiento de algún misógino malfollado que pensó que las mujeres no debían tener libertad sexual, que estaba mal juguetear y que todas debemos ser rivales porque nos mola más lo que tienen otras. Somos pérfidas, envidiosas, retorcidas; pero además debemos ser castas en público mientras satisfacemos en privado a nuestro, por supuesto, novio oficial. La amistad no existe para las féminas ni con un sexo ni con otro, somos todas unas malas pécoras. Podemos ser criticadas en el momento en el que se nos ocurra enseñar un poco más de carne, o cuando nos apetezcan relaciones esporádicas, o cuando rechacemos a alguien porque, por muy bien que nos haya tratado, no nos resulta atractivo. Porque es cierto, no podemos ser amigos de nadie cuando juzgamos tanto, cuando dejamos que se juzgue.
Oh, perdona, ¿querías decir algo?

-Que menos mal que soy un canario. ¿Vas a terminar de estrujar la Coca-Cola o te traigo otra botella ahora?

Príncipe ahumado.

Y ahí está otra vez. Otro cigarro que le va a llevar a la tumba. Odio que fume, y lo sabe. Odio ese sabor que deja en su boca y el olor que desprende. Odio la sequedad de su lengua al besarme y las arrugas que se forman alrededor de su sonrisa. Odio que cada día se ría ante mis quejas al ver otra caja encima de la mesita de noche. Dieciocho años juntos y lo único que no he podido tolerar ha sido el humo saliendo de su boca. Es cierto que él me aguanta muchas tonterías, pero ninguna me va a matar. No hay nada peligroso en ser adicta a la lectura, a menos que fantasees con una relación de ensueño inspirada por la cantidad de novelas románticas que hayas podido engullir. Reconozco que fue mi caso. Imaginaba que él sería mi príncipe perfecto y que su aliento olería a menta. He acabado con un hombre que huele a una mezcla de chimenea y caramelo de miel, cuya armadura se compone normalmente por una camiseta de algodón gris y unos pantalones de pijama a cuadros, cuyos preciosos ojos azules se esconden detrás de unas enormes y redondas gafas. Es olvidadizo, torpe y poco ocurrente. Y lo peor de todo es que me ama. Le miro, le oigo toser y me quejo.
Y le quiero, también.